¿Quiénes somos?


No somos los más rápidos, ni los más técnicos, ni los que mejor suben, ni los que mejor bajan, ni los que más kilómetros hacen, ni los que más pulsaciones alcanzan, ni los que mejores bicicletas tienen, ni los que más entrenan, ni los que mejor saltan, ni los que mejor derrapan, ni los que mejores caballitos hacen, ni los que mejor pasan por trialeras, ni los que mejor vadean ríos y arroyos, ni siquiera los que mejor se toman las cañas de después. Somos todo lo contrario, somos diferentes, somos perdedores.

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martes, 6 de junio de 2023

Ciclismo en Familia - Ramal norte del Canal de Castilla (03/06/2023)

Llegando el buen tiempo comienza la mejor época para el ciclismo en familia, eso es así. Y a esta ruta de la que voy a hablar en esta nueva entrada, amigos lectores, hace años que le teníamos muchas ganas. La teníamos planificada para 2020 (incluyendo la reserva de alojamiento y todo) pero tuvimos que cancelarla por culpa de la maldita pandemia. Esta primavera de 2023 hemos tenido la oportunidad, finalmente, de llevarla a cabo con bastante éxito, diría yo. Por favor, dejadme que os cuente con detalle nuestro fin de semana de cicloturismo familiar recorriendo el Ramal Norte del Canal de Castilla.

De arriba a abajo y de izquierda a derecha: un servidor, María, Jorge, Ali, Laura, Andrés, Lourdes, Jaime, Álvaro, Raúl, Martín, Odie y Paloma 

Pero antes de empezar creo que es oportuno contar muy a grandes rasgos qué es el Canal de Castilla porque el propósito de este este blog, además de entretener, es el de arrojar unas notas de cultura sobre vuestras cabezas, que solo pensáis en dar pedales y eso no puede ser. No es el propósito de esta entrada, claro está, detallar pormenorizadamente la historia del mismo porque para eso hay documentación en Internet a patadas, pero sí me gustaría dar un poco de contexto. El mínimo para pasar el día. El Canal se proyectó en el siglo XVIII como vía de comunicación comercial para dar salida a través del Mar Cantábrico (por Santander) al excedente de cereal producido en la Meseta. Inicialmente se pretendían construir cuatro canales:

  • Canal del Norte, el que hemos conocido en este viaje, que pretendía unir Reinosa (Santander) con Calahorra de Ribas (Palencia). Solo se construyó hasta Alar del Rey (Palencia).
  • Ramal "Canal de Campos", entre Calahorra de Ribas y Medina de Rioseco (Valladolid). Se construyó por completo
  • Canal Sur, que da continuidad en El Serrón al Ramal "Canal de Campos" hasta desembocar en el Pisuerga en Valladolid. También se construyó por completo.
  • Canal de Segovia, que nunca fue construido, entre Villanueva de Duero y Segovia.

La lentitud de las obras (causadas, además de por los medios disponibles en la época, por los conflictos bélicos que se sucedieron) y aparición del ferrocarril, fundamentalmente, fueron principalmente los causantes de que se desestimara la construcción de los tramos pendientes y de que se dejara de utilizar el Canal de Castila como medio de transporte fluvial. Las barcazas de mercancías tiradas por mulas que caminaban por los caminos que corren paralelos al canal por ambos lados (caminos de sirga) no podían competir con la velocidad del tren. No obstante el Canal tuvo su época de gloria. Por ejemplo, entre 1850 y 1860 eran 350 las barcazas que recorrían los kilómetros construidos, la longitud actual de la infraestructura.

Total, que el canal dejó de explotarse como vía de comunicación en 1959 pero siguió dándosele uso para el regadío de los campos, que no es poca cosa. Y más recientemente, para nuestro regocijo, se comenzó a promover su faceta histórica, cultural y recreativa. Además, ojo, es un ecosistema valiosísimo. 

Como podéis ver en el mapa de arriba, el Canal de Castilla con sus tres ramales construidos tiene forma de "Y" invertida. Nosotros hemos recorrido en dos etapas del Ramal Norte pero tengo que confesar que no en su totalidad. Mide 75 kilómetros pero nosotros hemos dejado sin visitar unos 18 entre Frómista y Calahorra de Rivas. Por motivos logísticos, fundamentalmente. 

Durante el almuerzo del sábado las bicis se quedaron al borde del camino y nosotros bajamos a un área recreativa en la que se estaba estupendamente

La idea era hacer dos etapas: la primera desde Alar del Rey hasta Melgar de Fernamental (El mejor nombre de pueblo que he oído en mi vida). La segunda etapa, desde Melgar de Fernamental hasta Frómista. Tratándose de rutas lineales la logística se complica porque, como suponéis, hay que organizar lo de volver al punto de origen a por los coches. Ahora os cuento cómo lo resolvimos con la ayuda inestimable de Paloma, la hermana de María. Alquilamos una casa rural en Melgar de Fernamental (voy a escribir este nombre mil veces más porque me flipa): Casa Rural Hortelanos. Muy, muy recomendable la casa. Éramos ocho ciclistas y el sábado fuimos en dos coches a Alar del Rey con idea de empezar a dar pedales a eso de las 10 de la mañana. Paloma vino con nosotros y se trajo de vuelta un coche a Melgar de Fernamental. Ese día bajamos en bici por el Canal de Castilla hasta volver a la casa rural y por la tarde Jaime y yo volvimos a por el otro coche.

Unas mazmorras nada más comenzar el recorrido en Alar del Rey

El domingo no madrugamos especialmente pero Jaime y yo, mientras el resto se preparaba, llevamos un coche a Frómista, el destino de la ruta ese día. Volvimos en el otro coche a Melgar de Fernamental y salimos, junto al resto de ciclistas, directamente en bici desde la casa rural. María, Paloma y los dos niños más pequeños fueron tranquilamente en coche hasta Frómista donde nos juntamos todos.

Estuvimos toda la semana pendientes de la previsión meteorológica porque daban lluvia. Hacía meses que teníamos el viaje cerrado y tener que cancelarlo o no poder hacer las rutas por culpa de la lluvia sería una pena de las gordas. Aunque bien deseada, que buena falta hace esta lluvia, no contábamos ya con tener que echar mano de paraguas o chubasquero en junio.

El sábado anunciaba precipitaciones a partir de la hora de comer así que si madrugábamos un poco podríamos hacer el recorrido y llegar a casa antes de que comenzara a llover. Así que a las 10, como os he adelantado antes... ¡estábamos en Alar del Rey listos para dar pedales!

La ilusión se ve reflejada en nuestras caras, no me lo puedes negar

El día estaba perfecto de temperatura y fíjate qué cielo más azul. No obstante, como no llevábamos bocatas (sí algo de picoteo para cuando te entra el gusanillo a media mañana) llenamos las alforjas con los chubasqueros que más vale prevenir que curar. 

El Canal se muestra en sus primeros kilómetros como el típico camino con el verde crecido por el medio y con dos "raíles" con la separación de las ruedas de un coche. Bueno para rodar en paralelo, claro, pero hay que estar pendiente para no salirse. El firme es bueno. Comenzamos rodando en pelotón pero está clarísimo que en pocos minutos el grupo se va a estirar porque a los niños les gusta ir por delante y no todos tienen la misma energía. No importa, el recorrido no tiene pérdida y además los adultos ya tenemos la costumbre (adquirida ya en tantas rutas que llevamos hechas) de separarnos para ir al menos uno en la cabeza y otro en la cola.

Reconozco que me esperaba un camino más "cuidado"

Se ve que ha llovido por la zona durante la noche porque hay charcos. Los niños no solo no los esquivan sino que los buscan. Los adultos buscamos la belleza de los paisajes o la compañía y el compadreo ciclista, pero los niños se alimentan de otro tipo de motivaciones, como ponerse hasta las cejas de barro aunque al día siguiente haya que usar la misma ropa de bici. Carpe diem que en latín quiere decir "pisa el charco". 



Avanzamos a una velocidad de unos 12 km/h y las paradas son inevitables: que si para una foto, que si para reagruparnos, que si para ajustar algo de alguna bici... Andrés tiene mérito doble porque además de no ser ciclista (practica otros deportes, fundamentalmente fútbol) va en una bici de rueda de 24" que además de quedarle pequeña tiene problemas serios de oxidación. El desviador delantero no funciona, así que se ve obligado a rodar en plato mediano todo el tiempo. No es el peor de los males porque como el terreno es muy, muy, muy llano jugando con el cambio trasero, que sí funciona, se apaña bien. Raúl también tiene lo suyo porque para ver qué tal le val al niño una bici de rueda de 26" este viaje ha cogido la de María, que no puede hacer ejercicio al estar convaleciente de una cirugía. Esa bici pesa casi más que el niño... y a la larga, como veréis, se nota. 

El agua del Canal está muy turbia, parece que corre barro, de las tormentas que se vienen sucediendo todas las tardes desde hace días. El Río Pisuerga, del que se alimenta el Canal, está en el mismo estado. Desluce un poco el paisaje, no te voy a decir que no, pero qué le vamos a hacer...

Nos vamos encontrando a nuestro paso multitud de puentes, algunos más modernos pero la mayoría de piedra construidos al mismo tiempo que el Canal y demás infraestructuras fluviales, como las famosas esclusas. En total, en el Ramal Norte, hay 24 esclusas, la mayoría no funcionan. 

Jorge estrenaba bici de 29". Mucha diferencia (para bien) respecto a la de 24" que venía usando

Poco después de pasar  Herrera de Pisuerga se encuentra el Centro de Interpretación del Canal de Castilla. En este punto se cruzan el Canal y el Río en una anchura que salvamos gracias a un puente colgante bastante pintón.

La foto hubiera quedado más bonita si en vez de barro corriera agua por debajo

Junto al Centro de Interpretación hay un área recreativa con mesas, césped y buena sombra. Es buena hora y buen sitio para hacer la parada del día y tomar un tentempié. Poca cosa, que hay que continuar (nos quedan todavía 20 kilómetros) y no podemos entretenernos que esta ruta es una carrera contrareloj y nuestro rival es la tormenta. Unos kikos y unos filipinos servirán para engañar al estómago un ratejo.

Vosotros pensáis que Jaime es un señor serio, pero no.

Somos afortunados porque los árboles nos van dando sombra y no pasamos calor. Además el firme es excelente y se rueda cómodamente. En un momento dado, rodando Andrés en cabeza, decide parar de repente. Como no está acostumbrado a hacer rutas no sabe que hay que avisar y echarse a un lado para evitar que el que viene detrás se choque con él.... y sucede que Jorge no puede frenar a tiempo y se produce la colisión. Y detrás viene Ali que también choca. Y detrás viene Lourdes que tampoco puede frenar a tiempo. El disco de la rueda delantera de Lourdes se hunde claramente en la cubierta trasera de Ali, pero por suerte no llega a producirse el corte porque hubiéramos tenido que hacer una reparación de la cubierta Dios sabe cómo. Porque cámara de repuesto tenemos, pero un corte en la cubierta es harina de otro costal. Por suerte el incidente se cerró con un rasguño en la pierna de Jorge y una valiosa lección ciclista aprendida por parte de Andrés. 

Menos mal que llevábamos el chubasquero...

El Canal de Castilla pasa entre Osorno y Melgar de Fernamental. Nosotros tenemos que llegar en bici hasta la casa rural y para no tener que rodar por carreteras con tráfico más de lo necesario nos salimos del Canal a la altura de San Llorente de la Vega y rodamos por carretera, pero secundaria y apenas nos cruzamos con tres o cuatro coches. Los niños respetan perfectamente las instrucciones que les hemos dado de rodar en fila india sin adelantarse y dejando dos o tres bicis de separación entre uno y otro. Así minimizamos el riesgo. Tras 33 kilómetros de ruta llegamos a nuestro destino.

Mira cómo se van formando las nubes de tormenta cuando estamos terminando la ruta

Aproximadamente una hora después de llegar se puso a llover. La mañana salió perfecta. Una buena comilona a base de macarrones a la carbonara y una siesta reparadora. Y por la tarde, los niños a disfrutar de la piscina cubierta que tiene la casa y los mayores a descansar con unas cervecitas. 

El domingo la previsión meteorológica era mucho más favorable: no se pronosticaba lluvia hasta las 18:00. Teníamos tiempo de sobra para salir de Melgar de Fernamental a media mañana y llegar a Frómista antes de las 17:00, hora a la que habíamos reservado un paseo en uno de los barcos recreativos que recorren un trocito del Canal con explicación incluida.

Se me sale un poco la lorza al levantar el brazo. La noche de antes cenamos barbacoa y se nota...

Para volver al Canal de Castilla tenemos que rodar un poquito por carretera (muy poco) y tomar una pista de tierra que indica 2,3 Km hasta el Canal. Son poco más de las 12 del mediodía y el sol aprieta. Hoy no llevamos chubasqueros porque sabemos que no van a hacer falta. 

Al principio de la ruta es fácil mantener un pelotón unido

Una vez alcanzado el Canal seguimos avanzando por la orilla izquierda con un ritmo adecuado. No abundan las sombras y parece que el suelo está lleno de piedras. Muy compactadas, eso sí, pero no es fácil lanzar la bici. Este, junto al calor, serían los factores que nos hicieran penar más de la cuenta. 

El paisaje cambia sutilmente. Ya no hay tantos árboles en la ribera para hacernos más llevadera la ruta con su sombra. Ya no hay charcos con los que divertirse. Además tenemos que remontar un par de cuestas que, aunque sean insignificantes si estamos hablando de ciclismo de montaña, son mucho más de lo que habíamos tenido que ascender durante la ruta del sábado. 

En ocasiones rodábamos bastante por encima del canal

En torno a las 14 y habiendo recorrido más o menos la mitad del kilometraje paramos para comernos los bocatas en un apartadero a la sombra. No había áreas recreativas ni construcciones a las que acercarse en busca de un murete donde sentarse. Sin entretenernos demasiado reanudamos la marcha. Debíamos llegar antes de las 17:00 a Frómista porque necesitábamos algo de tiempo para colocar las bicis en los portabicicletas que con los cierres de seguridad es donde más protegidas iban a estar contra los robos mientras dábamos el paseo en barco.

Hacía mucho calor y el terreno no era el mejor para que los niños rodaran ligero. A Raúl se le estaba haciendo bola llevar la pesada bici de María con el peso añadido de las alforjas (que él mismo se empeño en portar). A Ali directamente le dio una pájara. En un momento dado se encontró mareada y con el estómago revuelto. Quedaban unos 15 kilómetros y no quedaba más remedio que continuar porque estábamos en mitad de la nada así que sacamos la goma elástica que llevamos como medida de precaución para, como era el caso, remolcar a alguien en caso de emergencia. 

El secreto es mantener la goma tensa

No habíamos practicado el remolcado, debo de reconocer, pero enseguida nos hicimos a ello. Solo hubo un incidente. Bajando una pequeña cuesta frenamos de manera desacompasada y la arrastré. Apenas una rozadura en la rodilla, nada grave. 

A pesar de estar siendo remolcada el terreno era tan asqueroso que las vibraciones de las piedras le seguían revolviendo el estómago, pero por suerte una media hora más tarde ya se recuperó. Rodábamos con el invento a una velocidad de entre 15 y 17 Km/h. No podía ir mucho más rápido por piernas y por prudencia. Los últimos 500 metros los recorrió Ali por sí misma por el orgullo de llegar por sus propios medios. Y junto a la esclusa cuádruple nos esperaban Laura y Lourdes, que se habían adelantado unos cientos de metros, María, Paloma, Martín y Alvarito. 

Para solucionar el problema de Raúl hubo cambalache de bicicletas. Andrés terminó con la de Jorge, Raúl con la de Andrés y Jorge con la de Raúl... para su desgracia porque, como digo, ya era complicado avanzar dignamente por esos caminos como para encima ir lastrado por el peso y las características de la bicicleta. No llegó de muy buen humor Jorge, no, a Frómista.

Pero el caso es que fuimos llegando uno detrás de otro en torno a las 16:00 con tiempo de sobra para refrescarnos antes de subir al barquito. Tras montar las bicis en el porta fuimos a la gasolinera del pueblo a comprar agua fresca porque estábamos deshidratados. Nos cambiamos de ropa y disfrutamos del paseo fluvial, relajante, tras un durísimo día de bici.

Enhorabuena a los niños. A Andrés especialmente, que ha superado esta prueba de fuego (y con una bici que debió acabar en el fondo del canal y no volver a Santander) de cara a otros retos ciclistas que nos van a acontecer en un futuro cercano. Para el resto de niños solo tengo palabras de admiración. Tenéis el cielo ganado por aguantar estas locuras de vuestros padres. Espero que algo os quede de mayores, espero que esto os haga un poquito mejores en algún sentido. 

Enhorabuena a Lourdes, que le está cogiendo el punto a esto de la bici y para mí ese es un regalazo.

Enhorabuena a Jaime. Igualito está el tío que en 2019 cuando vino a esa primera BiciCoa. Siempre lo digo, me siento en parte responsable por haberle metido el gusanillo por la bici y por lo tanto muy orgulloso.

Y mil gracias a María y a Paloma por la ayuda logística. Nos ha facilitado muchísimo la tarea contar con vosotras.

Se nos ha dado bastante bien el finde de bici y por lo tanto solo quiero anotarle puntos perdedor a Andrés por ese frenazo inoportuno. Pero es una cosa que a todos nos ha pasado, no hay que darle mucha más importancia. Sí se la doy a la caída que tuvo Natalia hace unos días y que la van a tener apartada de los caminos una temporada. ¡Ánimo, Natalia! En menos que canta un gallo ya estarás otra vez subida encima de la bici. 



Me despido recomendando MUCHO esta experiencia. Muy asumible para todos los niveles de forma. No creo que en verano sea buena idea a no ser, ojo, que se haga de noche que puede molar bastante.

¿Cuál será la próxima ruta en familia? Una de las buenas, ya veréis.

viernes, 24 de marzo de 2023

Ciclismo en Familia - Vía Verde del Pas

Siendo vosotros lectores habituales de este blog sabréis que de cuando en cuando hacemos una escapadita en familia para hacer una ruta en bici por una Vía Verde o recorrido similar que no entrañe demasiada dificultad ni técnica ni física. También sabréis que Jaime y María son nuestros compinches en este tipo de aventuras (y nosotros los suyos, que tanto monta, monta tanto). Así que aprovechando que en 2023 en Madrid el día 20 de marzo era festivo (al caer el 19, día del padre, en domingo) nos desplazamos con toda la parafernalia ciclística a la casa familiar de María, muy cerca de Santander, para recorrer la Vía Verde del Pas.  


Oficialmente la ruta parte de Astillero y termina en Ontaneda, pero nosotros decidimos hacerla al revés para disfrutar del ligero perfil descendente de este sentido inverso. Así que el domingo por la mañana, sin madrugar demasiado porque, además de tener todo el día para hacer el recorrido daban lluvias a primera hora, preparamos unos bocatas y unos aperitivos, montamos las bicicletas en los coches y salimos rumbo a Ontaneda, a unos 40 minutos de la casa de María para disfrutar del último día de bicicleta del invierno de 2023.

Ontaneda cuenta con un aparcamiento enorme

Siendo tantos siempre sucede que hay que hacer algún pequeño ajuste en alguna bicicleta. Que si no me cambia bien, que si la rueda va frenada, que si espera que tengo que subir el sillín que va muy bajo... Pero sorprendentemente esta vez en apenas cinco o diez minutos estábamos en marcha. Y el tiempo acompañaba. El día anterior no pudimos hacer la ruta como teníamos planificado desde hace semanas porque estuvo casi todo el día lloviendo. Pero el domingo sobre las 13:00 el sol brillaba, la temperatura era perfecta y no hacía nada de viento. Vamos, un chollazo de día. 

Comenzamos a rodar suavemente. Bueno... Los niños enseguida se pusieron a apretar. Jorge, el mayor de todos, se inventó un juego. Una especie de "cycling manager" y fue otorgando puntos a los distintos corredores en función de sus méritos. Con la tontería el juego duró horas, os lo puedo asegurar, durante las que estuvieron muy distraídos y los mayores pudimos disfrutar de la ruta y de la charla tranquilamente.

En general la ruta está bien señalizada y dispone de paneles informativos que por supuesto no leímos

La Vía Verde discurre paralela al río y el entorno merece mucho la pena. Salimos del núcleo urbano pero las casas (casoplones, algunos preciosos) seguían apareciendo por todas partes y esta continuidad suponía que no estaba claro cuando terminaba un municipio y empezaba el otro. Rodábamos por la margen izquierda del río pero en San Vicente de Toranzo cambiamos de orilla cruzando por encima de un antiguo puente ferroviario muy bonito. El tráfico estaba abierto al tráfico, pero los coches pasaban con mucha precaución porque la plataforma del puente era de madera. Fue un momento divertido.

La distancia entre los tablones era en algunos sitios de más de diez centímetros, no te creas...

Como no habíamos madrugado y hubo que desplazarse casi una hora en coche habíamos comenzado a rodar en torno a las 13:00 y enseguida el estómago empezó a protestar. De manera que decidimos hacer una paradita técnica para tomar un aperitivo en una de las muchas áreas de descanso que la ruta ofrece. Elegimos una particularmente agradable, junto a un ¿acueducto? de piedra muy, muy bonito. Nos comimos unas patatitas fritas y nos aguantamos las ganas de tomar una cerveza en el bar de enfrente, cuya terraza nos estaba llamando a gritos. Pero te digo yo que con lo bien que parecía estarse en esa terraza si nos sentamos lo mismo no nos levantamos y ni bici ni biza.

Fíjate que verde. Esto en Leganés solo lo vemos un par de semanas al año y con suerte

Continuamos nuestro camino rodando muy placenteramente aún admirados de lo bonitas que eran las casas de campo que íbamos encontrando en el camino. A pesar de ser domingo y de hacer un día espléndido la Vía Verde no tenía demasiada ocupación y era sencillo dejarse llevar con cierta despreocupación. Un gustazo. 

Mira qué cacho de día de primavera nos hizo

Casi sin darnos cuenta llegamos a Puente Viesgo. Un pueblo muy, muy, muy bonito que me quedé con las ganas de visitar con calma. Lo dejamos pendiente para el próximo viaje. Acordamos, porque ya era hora, parar a comer pasado el pueblo. Enseguida encontramos un área de descanso muy apropiada pero no daba el sol y temimos pasar frío así que María recomendó avanzar un poquito más hasta la siguiente, que no estaba demasiado lejos, a la entrada de Pomaluengo. Y así lo hicimos.

Un bocata en ruta es lo mejor de lo mejor

La siguiente parada iba a ser en el supermercado de la fábrica de Nestlé en La Penilla, pero siendo domingo estaba cerrada para decepción de todos. Una pena, nos quedamos sin chocolatinas. Así que decidimos parar a tomar un café en cuando viéramos dónde. 

Se cruzó en nuestro camino un pumptrack. Y no había nadie. No podíamos dejar pasar la oportunidad de darnos unas vueltitas. Cuando todos los niños se hubieron caído y algún mayor estuvo a punto, nos marchamos. 


Llegamos a Sarón y vimos en un parque una cafetería con terraza y no pudimos resistirnos. Además había una tirolina y los niños se lanzaron como locos a jugar con ella. Dejamos las bicicletas correctamente estacionadas en un aparcamiento que a tal efecto proveía la cafetería y disfrutamos de un cafelito (lo mío fue un té) que nos supo a gloria bendita. Estaba siendo un día bastante, bastante bueno. A veces, como cuando hicimos la Vía Verde de la Plata en Hervás, las cosas no salen bien. En este caso todo estaba saliendo de rechupete.

Tan ricamente que estuvimos, oye...

Resulta que en Sarón no es muy intuitivo cómo seguir la Vía Verde. Tuvimos que echar mano del mapa de la web para orientarnos y aún así, por mi culpa (ya sabéis que leyendo mapas soy regulero) nos chupamos una cuesta arriba por la cara porque no teníamos que haber subido. Pero bueno, tampoco fue para tanto aunque María se empeña en que me asigne "puntos perdedor" por el despiste. Pues me los asignaré, pero lo de ella fue bastante peor como comprobaréis si seguís leyendo. 

Durante un buen trecho la vía verde no es sino un carril de aproximadamente un metro en el arcén de una carretera abierta al tráfico. No hay demasiado peligro porque la densidad del tráfico es baja, pero hay que estar atento, lógicamente. 

Llegamos a una glorieta en un punto alto y tras cruzar un par de veces por pasos de cebra seguimos avanzando bajando una cuesta que nos permite coger buena velocidad sin ningún esfuerzo... pero vimos que ni Lourdes ni María vienen por detrás. Esperamos unos segundos y decido volver, porque si no venían es porque algo pasaba, claro. 

Tomaaaaaa, toma liada

El sillín de María se había roto por la parte delantera, donde la cubierta abraza los raíles, y por el movimiento los enganches traseros habían terminado por salirse también. Ellas no estaban siendo capaces de volver a encajarlos porque estaban trabajando en una posición incomoda que no les permitía hacer fuerza. Sacamos la tija y pudimos juntar los raíles entre sí lo suficiente como para meter los extremos por los huecos de la parte inferior de la cubierta del sillín. Le dimos un par de buenos golpes para que quedaran bien fijados. María pudo seguir pero cada poco tiempo se le volvían a salir los raíles porque, al no estar fijados por delante, la cubierta resbalaba poco a poco. Lo terminamos de solucionar poniendo delante a modo de fijación un elástico de mi mochila que mantenía en su sitio la parte delantera de los raíles. María, romper un sillín sí que proporciona puntos perdedor a chorro, que lo sepas.

Soluciones improvisadas pero eficientes

Este tramo, desde Puente Viesgo hasta pasado Sarón, no es demasiado bonito, la verdad. Pero lo que sigue transcurre por las inmediaciones del Parque de la Naturaleza de Cabárceno y la cosa cambia. Hay un par de cuestecitas pero nada serio, se rueda con facilidad. 

A la altura de Obregón nos vimos obligados a rodar por el arcén (bueno... no hay arcén) y esto genera cierta tensión porque los niños no están acostumbrados y les supone un ejercicio de concentración rodar en fila india manteniendo la distancia entre unos y otros y lo más pegados a la derecha posible. Es bueno que se acostumbren a rodar por carretera porque excepcionalmente de vez en cuando es necesario y conviene aprender a hacerlo con seguridad.

En un momento dado de la ruta nos encontramos con el trazado cortado. Creemos que porque estaban renovando las barandillas de un tramo que discurre por un talud del terreno. 

Mira qué cara de disgusto se nos quedó. Para nada estábamos posando

Mirando ahora el mapa, rodear este trecho era facilísimo pero en situ no lo vimos claro así que, sin estar especialmente orgulloso de ello, nos saltamos la valla y cruzamos el tramo que apenas tendría 100 metros. Como curiosidad diré que mientras infringíamos la ley nos cruzamos con un grupo de cuatro señoras que nos reprendieron por cruzar con las bicicletas, tócate las pelotas Manolete. Vamos, que ellas podían cruzar porque iban caminando pero las bicicletas no porque se les puso a ellas en el chumino, vaya.

En un momento dado, en La Concha, confundimos el camino y en vez de seguir por la Vía Verde del Pas tomamos la Senda Verde del Pas y Minero de Obregón, que llega a Astillero por el mismo sitio, pero rodeando La Concha por el oeste en vez de por el este. Ojo, creo que este error fue un acierto porque el paisaje era bien bonito.

Medio parque, medio bosque. Este tramo estaba bien chulo

Jaime y yo, sabiendo que quedan apenas unos kilómetros para llegar a Astillero, decidimos jugar un poco con los niños y rodando ellos por delante decidimos hacer un demarraje y dejarles atrás sabiendo que no iban a poder resistirse a intentar cogernos. Le dimos duro durante muchos metros, al punto de perderlos de vista a pesar de ir rodando por largas rectas. En un momento dado dejamos de apretar para que se acercaran... momento en el que volvimos a apretar para desesperación de Jorge, que iba en cabeza. Llegará el día en que no podamos hacer este tipo de abusos. Mientras tanto, que aprendan a sufrir. 

Llegamos a nuestro destino, Astillero, por el sur y enseguida vimos que el aparcamiento al que llegamos estaba llenísimo. El padre de María, al que habíamos avisado para que nos viniera a buscar a Jaime y a mí para llevarnos a Ontaneda a por nuestros coches, nos había comentado que el pueblo estaba en fiestas.

Merienda-cena

El camino hasta Ontaneda y la correspondiente vuelta se nos hizo infinita. Algo más de una hora y media que los niños, Lourdes y María aprovecharon para tomarse un chocolate con churros en uno de los puestos de la feria. Para matar el tiempo me parece buena opción. Llegamos a casa pasadas las 21:00. Agotados, pero no por la ruta sino por estar todo el día fuera. Pero mereció la pena muchísimo, vaya Vía Verde preciosa la del Pas. 

En cuanto al recuento de puntos, ya sabéis, lo que he ido comentando durante la narración. 


Parece que el matrimonio de Guadarrama encabeza la clasificación con cierta holgura.


¡Nos vemos en la próxima!

viernes, 12 de agosto de 2022

Ciclismo en Familia - Ruta nocturnas por el Valle de los Pedroches

Huyendo del calor agobiante de Madrid decidimos pasar unos días en Conquista, que durante el día hace mucho calor pero por la noche se puede dormir dignamente. Y dando la casualidad de que el Ayuntamiento organizaba marchas cicloturistas vespertinas/nocturnas no pudimos dejar pasar la oportunidad de llevar las bicicletas para disfrutar de estos eventos lúdico-ciclistas en compañía de otras familias del pueblo.


Nos apuntamos un poco a ciegas porque no sabíamos ni el recorrido, ni el kilometraje ni nada de nada... pero conociendo la zona y siendo una ruta familiar ya me imaginaba yo por dónde se marcharía: buscando el terreno lo más llano posible, que no es fácil en Conquista.


Y así acudimos con puntualidad a la cita. Y al llegar al punto de encuentro ya vimos a bastante participantes esperando con ilusión el comienzo de la ruta. En pocos minutos estuvimos todos (la organizadora pasó lista) y comenzamos a dar pedales en dirección sur, por las pistas que van en paralelo al Arroyo Grande. La idea era hacer dos recorridos. Uno corto, para los más pequeños, que los había incluso con ruedines en sus pequeñas bicicletas de 12", y otro "largo". Entrecomillo el adjetivo porque tenemos que relativizar. Es una marcha de aproximación a este deporte pensada para que todo el mundo pueda terminarla sin echar el estómago por la boca. Disculpad lo explícito de la expresión pero a veces tengo que escribir así para que lo entendáis, que sois de traca algunos, ¿eh? (broma). 


Este tipo de eventos me dan un poco de miedo porque es cuando saca la bici mucha gente que no está habituada a montar en bici y puede ser que se paren en mitad del camino de golpe, se crucen, etc. Todo hay que decirlo, no pasó nada de eso y del nutrido grupo de mayores y pequeños que salimos del pabellón polideportivo nadie fue causante de tragedias ni propias ni ajenas.


La primera parte del recorrido era totalmente llana y la pista presentaba un firme excelente. Era sencillo rodar la bicicleta y sirvió perfectamente de adaptación para que los participantes fuéramos acostumbrándonos a rodar en pelotón, guardar distancia, etc. 

Pasados 2 kilómetros se hizo la primera parada y los pequeños participantes de la ruta corta y sus progenitores se dieron media vuelta. El resto seguimos camino encarando la parte más dura de la ruta, unos dos kilómetros y medio de subida que si bien no tiene rampas fuertes hay que tener un mínimo de forma física para aguantar.


Como suele suceder en las subidas, cada cual sube a su ritmo. Más si cada uno somos de nuestro padre y de nuestra madre y de edades tan distintas. Lo que se hace en estos casos, efectivamente, es reagruparse arriba, Y aprovechando la ocasión y como en Conquista es raro que se junten más de tres personas y no se acabe comiendo y bebiendo, la furgoneta de apoyo (que iba detrás de la comitiva haciendo las veces de coche escoba junto con un 4x4) abrió sus portones traseros para ofrecer al personal bebidas frías y aperitivos.


Una Coca-Cola helada en el monte después de andar un rato subiendo en bici es mi definición de éxtasis. Y así la disfruté, picoteando además unas patatas fritas. Vamos, un planazo. Lourdes y las niñas hicieron lo propio, lo mismo que el resto de participantes, mayores y pequeños, que disfrutaron de una parada de lo más agradable mientras el sol terminaba de caer por el oeste (como viene siendo habitual en Conquista en los últimos años).


Con los focos y las luces de rojas de posición ya encendidas (aunque todavía había luz natural como para moverse sin peligro) reanudamos la marcha y lo que tocaba era bajar un buen rato. Vamos, todo lo que habíamos subido prácticamente. Como conozco la zona sé que hay rebaños de ovejas y mastines guardándolas. Alguna vez me ha tocado apretar el paso para "escapar" de ellos (que no hacen nada, solo su trabajo que consiste en hacer que te alejes). En esta ocasión también los había pero curiosamente no se atrevían a acercarse mucho a esa "manada" de seres, mitad orgánicos y mitad metálicos, con ojos brillantes de color blanco y rojo, que se desplazaba por su territorio a proteger a unos 10 kilómetros por hora. Todo debía de parecerles muy extraño. 

Cruzamos la carretera pero para hacerlo en condiciones de seguridad los dos vehículos que nos acompañaron se cruzaron a ambos lados del camino a modo de barricada de manera que los coches que pudieran venir (pocos, a esa hora por esa carretera) estuvieran obligados a parar. 


Y tras una breve subida (la última) ya solamente iluminados por nuestros focos, solo quedaba dejarse deslizar cuesta abajo hasta llegar al pueblo cruzando la carretera de Fuencaliente para disfrutar de un segundo aperitivo en el punto de partida. 


Fueron apenas 10 kilómetros que se hicieron muy amenos y, por suerte, sin pasar demasiado calor a esas horas avanzadas de la tarde. Además rodar en compañía siempre es un aliciente. 

Agradezco desde aquí al ayuntamiento que celebre este tipo de eventos que nos amenizan el verano y ponen en valor tanto el entorno de Conquista (que siendo sinceros en verano no muestra su mejor cara) como la práctica del ciclismo (y senderismo, que hace pocos días se celebró una marcha a pie muy bonita). 


El domingo (la ruta fue el jueves y es viernes cuando escribo esta crónica) se celebrará otra marcha pero un poco más larga. A este recorrido se le añade otro tanto. Yo me he apuntado, ya os contaré qué tal.

viernes, 27 de mayo de 2022

Ciclismo en familia - Vía Verde Ruta de la Plata

Aprovechando el pasado puente de San Isidro madrileño, varias familias del ámbito del perdedorismo preparamos una escapada lúdico-ciclista a Hervás con la idea de recorrer parte de la Vía Verde de la Ruta de la Plata, una maravilla paisajística sobre la que, como siempre digo, podéis encontrar detalladísima información en la página oficial de Vías Verdes

El recorrido comienza en Casas del Monte y termina en Béjar. Nosotros nos alojamos en un complejo rural en Hervás (El Canchal de la Gallina, muy recomendable). Al ser las Vías Verdes recorridos lineales hay que tener en cuenta la vuelta, es decir, se dobla el kilometraje del camino recorrido. La premisa era recorrer la vía en dirección Béjar hasta donde llegáramos y, si acaso, al día siguiente hacer lo mismo pero en sentido contrario. Así que el primer día comenzaríamos a dar pedales cuesta arriba. 


Los niños más mayores son completamente autónomos pero para los más pequeños montamos barras remolcadoras en las bicicletas de los adultos de manera que cuando se cansaran sería "sencillo" enganchar sus pequeñas bicicletas a las de sus progenitores. El viernes por la tarde echamos un rato largo colocando bien el remolcador en la bici de Jaime (bueno... bici de Natalia prestada) porque por no apretar bien unas tuercas no éramos capaces de que no se moviera lateralmente la bici infantil con el riesgo que esto supone.  


Sin duda el perfil y el calor condicionaron la ruta, pero vayamos desgranando el asunto poco a poco. Para llegar a la Vía Verde teníamos que recorrer un par de kilómetros de auténtico ciclismo de montaña. Había un camino perfectamente practicable, pero con piedras, cuestas y otras maldades que las ruedas (y piernas) de los más pequeños superaron a duras penas. 


Tanto es así que al llegar a la Vía Verde, Álvaro ya estaba pidiendo la hora y hubo que engancharle. Miguel, al ver a su compinche ser cómodamente remolcado también quiso probar las mieles del Trailgator. Pero el enganche que iba montado en su bici no estaba lo suficientemente apretado (lo coloqué la semana anterior pero no lo probamos) y la bici se iba de lado y el niño (lógicamente) se asustaba y frenaba. Miriam, que llevaba la bici remolcadora, consiguió avanzar unos cuantos cientos de metros yendo en línea muy recta y así llegamos hasta la estación de Hervás (para llegar hasta la Vía Verde evitando carril bici y tramo urbano habíamos retrocedido un par de kilómetros). A estas alturas de ruta el pelotón ya se había estirado porque los niños mayores, ajemos a estos problemas logísticos, habían seguido avanzando.


Como buena Vía Verde, cuando hay un cruce con una carretera hay postes de madera para evitar que los coches pasen a la vía. Y al pasar por entre una pareja de estos postes casi ocurre una desgracia porque el trailgator de Miriam y Miguel se había torcido y siendo un paso relativamente estrecho la cosa fue que por poco no ocurre un accidente. A esas alturas ya sabíamos que el problema era que la sujeción de la dirección de la bici infantil estaba floja y por suerte en la estación habíamos visto un poste de herramientas de uso público (gran iniciativa). Miriam y yo retrocedimos unos metros para ver si entre esas herramientas había alguna que nos permitiera apretar las tuercas de la sujeción de marras. Miguel siguió avanzando a pie con María al encuentro del resto de la expedición que esperaban poco más adelante, comiendo algo en el puente de hierro del río Ambroz, con maravillosas vistas de Hervás.


Una maravillosa llave inglesa nos permitió apretar las malditas tuercas para seguir adelante. Pero al tratar de ponernos en marcha la rueda delantera de Miriam estaba en el suelo. La cámara eran muy vieja y se había rajado la unión entre cámara y válvula. Nada que no se solucione en 10 minutos cambiando la cámara, que como gente previsora que somos llevábamos de recambio. 


Cuando Miriam y yo conseguimos llegar al encuentro del resto de ciclistas, volvimos a ponernos en marcha. 

El camino picaba constantemente hacia arriba como bien sabíamos. No era un porcentaje de desnivel excesivo, pero sí lo suficiente como para requerir cierta preparación física. Vamos... que no estando acostumbrado a montar en bici se pasa mal.  Y hacía calor, que no ayuda. El grupo comenzó a estirarse de nuevo porque los niños mayores rodaban a su ritmo y sucedió lo que suele pasar en estos casos: cada cuál se puso a rodar (a caminar, a partir de cierto punto) a su ritmo. Viendo que aquello no pintaba bien Jaime+Álvaro, Jorge y yo nos adelantamos a buscar un sitio donde comer a la sombra... pero no había dónde apartarse del camino a la sombra. Ni merenderos, ni praderas ni nada. Solo monte.   


Al cruzarnos con un grupo que rodaba en sentido contrario les paramos y les preguntamos si habían pasado por algún sitio digno para pararse a comer y nos dijeron que a unos tres o cuatro kilómetros había una estación (la estación de Baños de Montemayor). Así que nos pusimos como meta llegar hasta allí. Lo comunicamos por teléfono al resto del grupo, que venían por detrás en grupos separados, tan dramática estaba siendo la ascensión. No quedaba más remedio que seguir subiendo.

Llegamos a la estación y el esfuerzo mereció la pena: merenderos, fuentes de agua fresca, sombra e incluso columpios a nuestro servicio para reponer fuerzas después de tan fatigoso esfuerzo. Hacía tanto calor que lo primero que hicimos algunos fue meter la cabeza debajo del grifo de agua. 

Jaime bajó a Álvaro y retrocedió a echar una mano y una vez llegó Lourdes como para hacerse cargo de los niños bajé yo a hacer lo propio... pero con poco éxito ya que a esas alturas, Miriam y Miguel, ya casi habían llegado a la estación por su cuenta.


Dimos buena cuenta de las viandas que llevábamos en las alforjas. Merecida recompensa para nuestras maltrechas piernas. No seguiríamos adelante, no tenía sentido seguir subiendo en esas condiciones. Aunque luego supimos que estábamos a pocos metros de uno de los mayores atractivos de la ruta, un túnel de más de 200 metros que hubiera estado bonito atravesar. Otra vez será.

Antes de ponernos de vuelta  hice de gregario y cogí todos los bidones que me cabían en las manos para rellenarlos de agua en una fuente natural que había junto a la estación. La vuelta sería rápida, siendo cuesta abajo. Es curioso ver cómo los adultos no teníamos que dar pedales, solo dejarnos caer, y los pequeños tenían que seguir dando pedales como locos para que sus bicicletas de ruedas pequeñas no se pararan. 


Al llegar de vuelta a la estación de Hervás dimos cuenta de unos refrescos y unos helados y pasamos el resto de la tarde en la piscina del complejo turístico y preparando la barbacoa para la cena. 

Jaime y yo decidimos madrugar al día siguiente, domingo, para recorrer la Vía Verde en sentido contrario y llegar a Casas del Monte. Raúl se animó a acompañarnos. A la ida, a pesar del viento en contra, se hizo bastante bien al ser cuesta abajo. La temperatura era fresca, sobre todo al principio ya que dábamos pedales sin esfuerzo para rodar con una media de 25Km/h. La idea era desayunar en  Casas del Monte pero resulta que el pueblo queda a un par de kilómetros subiendo la loma de la montaña y a la altura de la Vía Verde no hay ningún bar donde poder tomarse un mísero café así que decidimos desayunar a la vuelta en Hervás. El camino de vuelta, cuesta arriba, se le hizo bola a Raúl que a cada momento se paraba a comer algo de lo que su madre le había echado en la bolsa del manillar. No avanzábamos porque nos parábamos a cada momento. Raúl no quería desayunar en Hervás, quería ir directamente a la casa porque ya había tenido bastante bici por aquel día. Y se quedaba atrás y a duras penas tirábamos Jaime y yo de él. De buenas a primeras nos adelantan dos ciclistas que iban más rápido que nosotros y nos dicen que "nos hemos dejado al niño atrás"... pero el niño (Raúl, se entiende) venía a rueda y en vez de quedarse a nuestra altura siguió aguantando el ritmo de los dos ciclistas adelantadores. A Jaime y a mí nos hizo gracia y dejamos que se marchara, pensando que así al menos avanzaríamos y que sería cuestión de pocos metros que le diéramos alcance aún sin forzar porque el niño se cansaría. Pero no. Pasaron los minutos y el niño no se cansaba. Y miraba atrás y nos veía a los dos tontos que no recortábamos. Y le metía otro empujoncito y aumentaba la distancia otro poco más. Y así fuimos durante unos 5 kilómetros hasta que llegamos al cruce donde debíamos desviarnos hacia la casa rural. Raúl paró con la esperanza de volver a la casa, pero Jaime y yo preferíamos desayunar en Hervás así que seguimos de frente, Raúl con nosotros. Y volvió a escaparse pero esta vez le acompañé y no sin esfuerzo llegamos a la altura de la estación de Hervás, donde salimos de la Vía Verde y nos metimos en el pueblo con un destino muy claro: la churrería.


Tras dar buena cuenta de un desayuno a la altura volvimos al Canchal de la Gallina por el carril bici.  

Para cerrar esta entrada, mis conclusiones. Adoro las Vías Verdes pero reconozco que de saber que esta sería así de "empinada" hubiera planteado el día de otra forma. Tal vez contratar el servicio de alguna empresa de las que alquilan bicis y te van a buscar al final para devolverte a ti y a las bicis al punto de inicio. Saliendo de Béjar y siendo todo cuesta abajo otro gallo hubiera cantado. Tal vez se haga algún día para sacar la espina que nos ha quedado, ya veremos.

Una bicicleta eléctrica, que también pueden alquilarse, también ayudaría bastante. En fin, lo hecho hecho está. ¡Habrá que ir pensando en la próxima!